Tengo una abuela de 91 años que ha tenido once hijos, ha publicado un libro y ha escrito poemas y artículos. Que deleita a propios y extraños con su buen humor, su chispa y sus historias. Que crea maravillas con las manos, aún ahora que casi no ve. Que lee el periódico, ve las noticias, y adora ir al cine. Que se interesa por las nuevas tecnologías y se asombra con el Internet, los descubrimientos científicos y el arte. La última vez que estuvimos juntas, pasamos todo un día haciendo corazoncitos de fieltro y conversando sobre el amor.
Tengo otra abuela de 92 años que me crió, después de haber criado a ocho hijos. Ella me enseñó que hay que ser humildes, que hay que amar a la gente, que hay que ser generosos, que hay que tener fe. Ella ama el campo y el mismo paisaje que yo. De niña, corría por los potreros de Cayambe y se metía a las acequias para cazar renacuajos, como yo. A veces, en los últimos tiempos, tiene la mente en otro lado. Aún así, siempre me reconoce y platica conmigo, me demuestra su amor y me abraza como si aún debiera portegerme del mundo.
Hoy sólo quiero decir que soy afortunada por tener a esas dos mujeres (¡y qué mujeres!) en mi vida.
Sin pelos en la lengua: