Instinto asesino

10 06 2008

Ahora resulta que murióse mi MacBook y no puedo escribir ni una línea.

Amo las Mac, pero esta vez lo único que quiero es tirar la mía por la ventana (esperando a que le caiga a mi odiosa vecina que a veces me bloquea la salida del estacionamiento).

Mmmmmm, ya me inspiró el tema. Mi próximo post (que espero escribir hoy por la noche, si logro que alguien me preste un teclado u otra compu) tratará sobre: las vicisitudes de vivir en comunidad, o recetas para asesinar a uno que otro vecino neurótico.

Mientras, ya me voy porque debo trabajar y no está bien usar la compu del trabajo para atender asuntos personales.





Cursilerías

5 06 2008

No he escrito en este blog porque he tenido miedo de que mis lectores me encuentren muy cursi y se vayan y no vuelvan. Es la pinche autocensura también, una aunque no lo quiera empieza a ser esclava de las estadísticas (ya saben… cuántas visitas he tenido hoy, qué post han sido los más leídos) y una sabe, por ejemplo, que los post que hablan de sexo son los más vistos y que los de tribulaciones y recuerdos los que menos gustan. Sabe, también, que los lunes y martes son mejores que los viernes y sábados y que hay gente que encuentra este blog al googlear cosas tan inverosímiles como “encocado de zhumir” o “datos sobre el ecuador y su gastronomía”.

Pero hoy, que son casi las dos de la mañana y que no puedo dormir, hoy he decidido escribir muy cursi, aunque los lectores se espanten y me dejen. No me queda más remedio. Las circunstancias me imploran que vaya por el camino de la cursilería barata. Y no cursiagridulce, como escribiría mi amigo el Llanos, sino cursi a secas, como escribo yo.

Hoy me dejo ir y me dejo querer y quiero. Y como estoy tan cursi, escucho música cursi (no, no es Arjona, no llego a tanto) y la tarareo y todo. Y uso frases tan cursis como “quisiera que esta noche no se acabe nunca” o “quiero tocar tu piel toda la vida” o incluso “no hago otra cosa que pensar en ti”. Y lo hago sin miedo, mirando al otro a los ojos y sabiendo que él siente exactamente lo mismo.

Sabrán disculpar este pequeño desliz los lectores. Ya volveré a hablar de sexo (mmmm… espero que pronto) y volverán a subir las visitas al blog.





Psicoanálisis 2

1 06 2008

Digamos que hace unos días conocí a un hombre que, inicialmente, creí que estaba destinado a ser sólo mi amigo. Era demasiado mayor que yo (según mis estándares), no seguía el famoso patrón, no era intelectual, ni artista, ni desmadroso, ni algo infantil. Era un hombre hecho y derecho.

Digamos que me dijo que me quería. Digamos que yo me asusté, como dijo mi psicólogo que lo haría. Digamos que casi casi salgo corriendo.

Pero no lo hice…

Digamos que ahora estoy sorprendida de haber roto el patrón, de que el psicoanálisis no haya tenido la razón y de que la vida me haya puesto a este hombre en el camino.

Digamos que ahora estoy muy feliz.

Digamos que Freud puede irse a la chingada, al menos por lo pronto.





Una escuela para E

31 05 2008

Desde hace algunas semanas estoy buscándole escuela a E. Es una emergencia. Decidimos que ya se aburrió del Montessori y que necesita un nuevo ambiente con más retos.

Hay que encontrarle una escuela máximo la próxima semana. Toda una odisea en una ciudad como México.

Me conseguí la Guía Chilango de las 40 mejores escuelas del DF y así empecé la búsqueda. De entrada, descarté todas las escuelas religiosas, las que son muy lejos de aquí y las que tienen aires elitistas o discriminativos.

Me quedé con ocho escuelas. El papá de E y yo empezamos a llamar y a visitarlas.

En una de las tres mejores escuelas del DF, nos dijeron: “Aquí E llegará a ser una persona muy competitiva, que logrará todo lo que se proponga. Tendrá pase automático al Tec de Monterrey y a las universidades de Estados Unidos. Estará al mando y será líder”.

Gracias, pero no.

En otra, cerca de casa, en el ranking de las 10 mejores escuelas del DF, nos invitaron a ponernos de pie, a tomarnos de la mano de los otros padres y a cantar Color esperanza de Diego Torres, haciendo una coreografía que ni en los peores tiempos de Menudo. Yo estaba indignada, (y avergonzada, porque soy super descoordinada con las coreografías y esas cosas… mientras todo el mundo va a la derecha, yo voy a la izquierda). Después nos hablaron de lo bonito que es el mundo, de que los niños son el futuro, de la unión familiar y de los valores.

Gracias, pero no.

Fuimos a otras. Que el inglés al 100% para que estén preparados para este mundo globalizado (sí, muy bien… y el español, ¿cuándo lo aprenden?), que la computación, para que estén preparados para este mundo globalizado; que el mandarín, porque será el idioma del futuro; que la capoeira y los bailes de salón, que el ajedrez y la música, para que estén preparados para este mundo globalizado… uffff.

La semana pasada, ya bastante hartos de buscar, llegamos a una escuelita activa cerca de casa, donde los niños tenían una charla con un luchador… sí, con uno con capa y máscara y con el pecho al descubierto.

Ellos entrevistaban al personaje y habían preparado dibujos, títeres y máscaras alusivas al tema. Eran niños felices, muy inquietos y seguros de sí mismos, con el pelo largo y con las manos llenas de pintura. Una vez al mes, nos dicen, los niños salen a trabajar con los campesinos y les ayudan en sus tareas cotidianas. Investigan en la calle, hacen asambleas y exponen temas que ellos mismos eligen.

Creo que al fin encontramos una escuela para E.





Corregido y aumentado

29 05 2008

Mi cumpleaños No. 4: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas (piñatas de barro) y comiendo el delicioso pastel que hacía mi abuelita. ¿Dónde estaba yo? En una cama con 40 grados de fiebre.

Mi cumpleaños No. 5: niños jugado y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: vomitando en el baño.

Mi cumpleaños No. 6: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: encerrada en mi cuarto, con dolor de barriga.

Cuando pienso en la niña ensimismada y freak que era yo a la edad de mi hijo, cuando me acuerdo de cómo me ponía cuando estaba con mucha gente a mi alrededor, agradezco a la vida que E sea un niño adaptable, que logre socializar muy bien (los genes del padre, supongo) y que sea alegre y despierto.

También agradezco que haya sacado las cosas mías que sí me gustan. El buen humor, por ejemplo, la curiosidad científica, la sensibilidad. Y mis pies, mis manos grandes, mis dedos meñiques torcidos (la marca de la familia), mis orejas como antenas parabólicas, mi lunar en el pecho y mis ojos.





Segundo capítulo

27 05 2008

A medida que crecía, el sexo empezó a convertirse en un tema recurrente de conversación con mis amigas. Algunas de ellas, como contaba en mi post anterior, ya habían tenido sus primeras experiencias y su conclusión general, o al menos, la impresión que a mí me quedó, fue que “duele de la chingada”. La otra: que es algo que los hombres piden y que una tiene que dárselos porque si no, te dejan. Y la última, por supuesto: que es peligroso porque puedes quedarte embarazada.

A esa información de primera mano había que sumarle aquella que yo ya tenía por distintas fuentes. La primera, la religión, por supuesto. Yo me crié con mi abuela paterna y mis tías abuelas, quienes fueron probablemente las figuras femeninas más presentes e importantes en mi niñez y mi adolescencia. Con ellas, me levantaba todos los días a las 5 de la mañana para rezar un rosario que transmitían por Radio Católica Nacional. (¿Dónde habrá quedado toda esa educación religiosa, Dios mío?)

Mi abuelita jamás me habló de sexo, faltaba más, pero me enseñó a ponerme la pijama sin quitarme la blusa, y a no mostrar ni un pedacito de piel “porque me iba a dar frío”. También me habló de que hay cosas malas que una chica no debe hacer jamás, como tocarse, y que hay otras que una chica debe esperar a hacerlas hasta estar casada, aunque yo pregunté cuáles y ella no me dio más detalles.

Curiosamente, una vez que no tenía nada que leer, como a los 15 años, pesqué una Biblia suya y justo caí en un pasaje, me parece que era del Deuteronomio, en el cual se enumeran todas las cosas que están prohibidas por Dios y hace una deliciosa y muy imaginativa lista de pecados carnales de toda índole… ¡todo estaba allí! Quién iba a decir que la Biblia iba a llegar a ser una fuente de tanta -y tan variada- información sobre sexo para una adolescente. Muchas tardes y muchas noches me las pasé leyendo las sagradas escrituras e ilustrándome.

Pero mientras más sabía, más dudas tenía.

¿Ya se aburrieron? Creo que escribiré un tratado…





Fifteen forever

26 05 2008

Ayer me sentí como toda una adolescente. Fue una regresión a los años ochenta y a mis quince.

Primero, me fui al cine a ver nada menos que la última peli de Indiana Jones (estarán de acuerdo que había que verla: es Spielberg, es Indiana Jones, es Harrison Ford… me acuerdo que incluso tenía el juego de Atari ¡y me leí los libros!).

Bueno, pues fui a verla. Y fui a la matiné. Y me compré un helado Ben & Jerrys. Pero además no fui sola. Fui con alguien que me gusta.

Yo estaba hecha un manojo de nervios, porque es el cine, y porque es la oscuridad y porque nada había pasado con ese alguien que me gusta, y porque bueno, algo iba a pasar (ya saben… el cine es buenísimo para que pasen cosas).

Cuando me tomó de la mano, mientras Indiana Jones trataba de escapar con el cráneo de un alien (bueno, este es un Indiana Jones ajustado al siglo XXI, qué se le va a hacer…) el corazón se me salía del pecho. Repito: ¡Regresión total a mis 15 años! Esa ansiedad no la había sentido desde hace mucho tiempo. Las manos me sudaban y todo.

Qué tiempos esos en que una se conformaba con tomar la mano del novio (además esa era una clara muestra de que YA eras novia del chico en cuestión) y así pasaban los días y las semanas, hasta que llegaba el beso en los labios. Y después pasaban los días, hasta que llegaba el beso con lengua, y después pasaban más días hasta que llegaba el faje. Y… bueno, pues ahí se quedaba, porque el faje era lo más hard core a los quince años.

Ayer, en el cine, así me sentí. El roce de las manos fue suficiente para saber que nos gustamos y que no hay prisa. Estuvo bien que no pasara nada más. Aún quedan muchos días y semanas. Como cuando tenía quince.





Primer capítulo

24 05 2008

Cuando era una adolescente, yo me hacía pasar ante mis amigas como una experta en cualquier tema, gracias a que leía muchísimo, a veces libros que no eran para mi edad y que pertenecían a mi padre (recuerdo que un día, cuando tenía como 14, me llamó la atención el título de Trópico de Cáncer de Henry Miller porque justo en la clase de geografía estábamos estudiando los paralelos y los meridianos… lo tomé de la biblioteca de la casa y lo empecé a leer. Quedé muy sorprendida al darme cuenta que no tenía nada que ver con la geografía y sí con la carne).

Bueno, pues resulta que yo me las daba de saber mucho. Especialmente me las daba de saber de sexo, aunque en mi vida ni siquiera había besado de lenguita a un chico. Yo daba consejos a mis amigas (ellas sí con novios, y con novios muuuuuy inquietos) de qué es lo que tenían que hacer y qué no. Me acuerdo que una vez una de mis mejores amigas me contó que su novio ya de plano le estaba pidiendo la tan famosa “prueba de amor” (sí, en mis tiempos aún se usaba semejante pretexto horrendo) y que ella estaba aterrorizada porque no quería y porque tenía miedo de que le duela o de quedarse embarazada. Yo le dije con una seguridad pasmosa: “Mira, yo he leído que si una se concentra muy muy bien, y si una cierra los ojos y repite mentalmente ‘no, no, no, no’ mientras el novio quiere abrirte las piernas, esa cosa no entra ni de fundas” (o sea, “no entra nunca”, dicho en ecuatoriano).

Lo cierto es que mi amiga vino a reclamarme días después porque había hecho todo lo que yo le dije y que antes de que ella pudiera terminar de decir el cuarto ‘no’ ya la cosa había entrado (y había salido). Yo, que tenía fe en mis propias palabras y creía en mi teoría, pensé simplemente que mi amiga no se había concentrado lo suficiente.

A mí no me pasaría lo mismo, pensé.

La historia no termina aquí…





Piel

24 05 2008

El otro día hablaba con una amiga sobre los hombres (bendito y recurrente tema de conversación). Y ella me dijo algo que se me quedó grabado: “Yo no lo extraño a él, extraño el roce de su piel”.

Hoy pensaba que sí, carajo. Cómo duele la falta de piel.

Mi amiga, que es muy sabia, logró describir exactamente cómo es sentirse sola.





Mi primer México

22 05 2008

Llegué a México la primera vez en 1989, cargada de maletas y sin saber más del país y de la ciudad que lo que había aprendido con el Chavo del Ocho, las telenovelas y las clases sobre la revolución mexicana de mi querido maestro de sociología en el colegio (hoy un político famoso).

Cuando me preguntan por qué vine, digo la verdad. Vine porque estaba enamorada. (La historia es larga de contar y puede no resultar tan entretenida, pero el resumen es que me iba a instalar con mi novio ecuatoriano y ambos íbamos a estudiar aquí, más que nada para estar cerca de su familia que vivía en Guatemala). Yo amé esta ciudad desde el primer momento en que la vi por la ventana del avión: ese mar de casas que no tenía fin, esa nata café de contaminación, esas filas de coches de colores que dibujaban líneas entrecruzadas en el mapa urbano, el bosque de Chapultepec con el castillo, el Palacio de los Deportes con sus picos y su redondez. Era llegar a un lugar donde pasa todo, después de haber vivido en una pequeña ciudad de un millón de habitantes, donde no pasaba nada.

Era llegar al caos, al ruido, al ser anónimo después de haber sido siempre “la hija de”, “la nieta de”, “la sobrina de”. Era hacer lo que quisiera.

Mi novio se regresó a los tres meses de haber venido. Rompimos (¡suspiro de alivio!). Yo me quedé. Sin familia, aunque con algunos amigos que aún conservo y que siempre resultaron ser “mi familia” en esta ciudad. Mi padre me mandaba 200 dólares al mes, y yo trabajaba para completar el resto, lo que me hacía falta para susbsistir. (Recuerdo que comía bajo los puentes del Estadio Azteca, en eso kioskitos de paso donde hay quesadillas y sopes aderezados con el humo negro de los peseros de Tlalpan).

Fue duro estar sola, ser mujer, estudiar, trabajar y arreglárselas en esta ciudad a los 19 años. Lloré muchas veces y muchas veces más hice maletas para regresar. Pero no lo hice.

A veces, cuando dudo de mí misma como hoy, me gusta acordarme de esta historia.