Edipo

20 05 2008

Diálogo entre E y su mamá en el supermercado.

-¿Mamá, sabes qué es lo que quiero ser cuando sea grande? ¡Quiero ser un papá!

- ¿Cómo que un papá?

- Sí, mamá, quiero tener un hijo.

- ¿Y qué vas a hacer con un hijo?

- Voy a jugar con él. También voy a darle de comer las cosas que le gusten. Le voy a dar sándwiches de atún, su leche y muchos chocolates.

- Jajajaja, suena a que vas a ser un buen papá. ¿Y con quién vas a tener el hijo? ¿Vas a tener una novia o una esposa que vaya a ser su mamá?

- Mmmmmmm… No sé… Creo que la mamá de mi hijo debes ser tú. Tú eres una buena mamá y sabes hacer sándwiches de atún muy ricos.





La vida afuera

20 05 2008

El mejor momento del día llega por la madrugada. Es entonces cuando logro concentrarme (por primera vez en todo el día) y termino todos los pendientes del trabajo, cuando escribo y me llegan las musas, cuando chateo con todos mis amigos noctámbulos, cuando hablo por Skype con mi familia, cuando me meto al Facebook, cuando tengo largas conversaciones telefónicas, cuando oigo música en mi Ipod.

Es la 1.38 de la mañana y tengo pila para escribir mi blog. Ya se han quejado de que lo he descuidado estos días.

Hoy, el silencio en la calle Petén es casi total, sólo interrumpido por alguna ambulancia y por maullidos de una gata en celo (siempre he odiado esos maullidos, semejantes a los de un bebé agonizante). Yo sigo tecleando, poniéndome al día con este post, pensando en las tantas cosas que han pasado mientras que he estado desconectada de mi MacBook: escalé en roca, tomé grandes cantidades de tequila mientras volaban los murciélagos a mi alrededor, me bañé en agua fría, canté canciones de Rubén Blades y Héctor Lavoe, me hice de un gran amigo, me reencontré con mi hijo, me olvidé de las historias de las que quería olvidarme, me acordé de las historias de las que quería acordarme, busqué ovnis, engordé un kilo, dejé que me picaran los mosquitos, vi muchas lagartijas, atrapé montones de bichos, no me preocupé por mi pelo, ni por mi cara, ni por mi atuendo; tomé un helado de pétalos de flores con chocolate blanco, y fui feliz.

A veces es bueno despegarse un poco de esta vida frente a la pantalla y simplemente vivir.





Lo público y lo privado

16 05 2008

¿Cómo lidiar con lo público y lo privado en un blog? Eso me empecé a preguntar hoy, después de que ayer publiqué un post contando una historia muy personal y después me arrepentí y lo borré (algunos visitantes tuvieron chance de leer la historia y la mayoría no, por suerte).

Lo borré porque me acordé que mi papá leía mi blog… y me dio pena (vergüenza) de lo que contaba en ese post. Era una historia sobre un chavo, sobre la lujuria y el romanticismo, sobre la frustración y sobre un pasaje de avión que nunca compré… en fin, nada muy grave, pero no sé por qué me incomodó que MI PAPÁ estuviera tan al tanto de mi vida íntima.

No me importa que los desconocidos lean sobre mi vida íntima, pero ¿mi papá? ¡Por Dios!

Y es que ayer fui al cine (en mi día sin hijo) a ver una película coreana con mi amigo Manuel Ulloa y justo, justo, la historia tenía que ver con eso. Bueno, no exactamente, porque trataba sobre dos chavitas que se prostituían y del padre de una de ellas, que se desquiciaba cuando se enteraba de esta doble vida de su hija adolescente.

Y no, no es para nada el caso, jajajaja. Pero lo cierto es que me puse a pensar y de regreso del cine borré rapidito el post. Eso de que mi padre vea que su hija es una lujuriosa y que está dispuesta a hacer algunas locuras debido a eso, no creo que sea bueno.

También me pasó hace poco que salía con un chavo y que un día (¡gravísimo error!) me puse a leer su blog. Y resulta que a través de su blog me di cuenta de que él no estaba ni medianamente entusiasmado con la relación conmigo… es más, había varios mensajes claros, manejados (para mi gusto) con muy poco tino… mensajes muy personales. La relación se acabó entonces, por supuesto. Nunca supe por qué en vez de hablar las cosas conmigo, decidió postear mensajes indirectos en un blog público. Me pareció una falta de respeto, y se lo dije. Ahora somos buenos amigos, pero intento no leer su blog.

Es lógico, el blog es un buen recurso no sólo para escribir ideas y reflexionar sobre temas, sino para comunicarse con los demás. Si no, uno no escribiría un blog, sino un diario personal guardado bajo siete llaves. Yo creé el blog muy consciente de eso. También es una herramienta para proyectarse, crearse un personaje, que no necesariamente somos nosotros en esencia, sino como queremos que nos vean. Y, claro, el blog es además una manera de mandar mensajes personales (aunque “vestidos” de generalidades).

Ya me alargué. Pero da para más. ¡Blogueros del mundo, uníos y dad sus comentarios! Tu también, papá.





Civilizados

15 05 2008

Hoy veía la foto que me tomé con M cuando recién empezábamos a andar. Los pies juntos en la arena de la playa de Puerto Escondido. Es una de esas fotos que no puedo ver mucho, porque me llegan milcuatrocientoscincuenta recuerdos. Y es más por la nostalgia, porque simplemente una se acuerda de lo cómplices y amigos y compañeros que fuimos en algún momento. Hoy, después de 16 años, tenemos un hijo y ya cada quien está por su lado, haciendo su vida. Platicamos de nuestros novios de turno y nos damos consejitos. Nos hablamos varias veces al día a preguntar cómo estamos, nos prestamos dinero y salimos a desayunar. (¡Hasta un Ipod me regaló por el día de la madre, el buen ex marido!)

Mi psicólogo dice que una relación tan civilizada es imposible, que eso es muestra de que no hemos resuelto nuestros conflictos. Y que algún día estallaremos y nos tiraremos los platos de waffles o peor, de huevos divorciados, en la cabeza. Que ese será el punto de quiebre necesario para empezar el duelo.

Yo espero que eso no pase. Espero que sigamos siendo no sólo ex esposos civilizados, sino amigos y  hasta cómplices, como empezamos a serlo hace 16 años.





Amor de cine

12 05 2008

Me tomaba un capuchino sola y buscaba en La Jornada la cartelera de los cines. Era sábado, había terminado de hacer unas compras y la tarde estaba perfecta para ver una peli. De pronto, oí una voz masculina con acento sudamericano (¿uruguayo?, ¿argentino?): “¿Me vendés un expreso doble cortado?” pedía la voz a la chica del café.

Claro, volteé, porque generalmente los chicos argentinos y uruguayos son lindos, y porque, de alguna manera, siempre me emociono cuando oigo acentos que me transportan a Sudamérica… es como un sentido de pertenencia… (ahora que me pongo a pensar, un sentido de pertenencia bastante tonto, porque los ecuatorianos nos parecemos a los del Cono Sur tanto o menos que a los mexicanos…).

Y ahí estaba, un chico lindo (¡lógico!) de mi edad, de esos que me gustan, con facha de intelectual o artista desmadroso de izquierda (el patrón, ¡dios mío!) , que bajó la mirada y se puso a tomar su café. Yo también me dediqué a lo mío: escoger la peli que iría a ver.

En eso se acercó:

-Disculpá, pero ¿me prestarías el periódico? Quiero ver la cartelera de los cines.

- Sí, claro, en esas estaba yo también.

- ¿Y ya elegiste la peli que vas a ver?

- Sí.

- ¿Y qué vas a ver?

Le conté que quería ver la de Reygadas (él no sabía quién era, mmmmm) y le expliqué de qué se trataba la peli. “Suena muy bien”, dijo él, me sonrió, dio varios sorbos a su café, y siguió leyendo el periódico.

En este punto quiero aclarar que yo soy tímida, tímida… a veces exageradamente. Pero ese día, estaba en la onda de “me vale madres” y “no tengo nada que perder”. Así que me lancé:

- ¿Quisieras ir conmigo a verla?

El chico pseudouruguayoargentino se sorprendió. “Por supuesto”, respondió, muy sonriente. “Pero tenemos que irnos ya –le dije, dando el último sorbo al capuchino– porque empieza en 15 minutos. Hay que correr”.

Dejó su café en la mesa y salimos corriendo por las calles empedradas de San Ángel. Nos tomamos de la mano para cruzar la avenida y pedimos un taxi. El corazón me latía fuerte. Apenas podía verlo a los ojos. Durante el trayecto, lo único que hicimos fue reír con risilla nerviosa y hablar del tráfico loco de la ciudad de México.

Llegamos al cine justo al momento de empezar la película. Nos sentamos, se apagaron las luces. Desde el primer instante, Luz Silenciosa nos embujó a ambos. Durante la proyección, seguimos tomados de la mano, viéndonos sonreír y llorar a cada tanto. Muy cerquita el uno del otro.

Justo en los créditos, 136 minutos después, él se acercó a mí y me dijo al oído: “por cierto, me llamo Marcelo, y soy uruguayo”. “Yo me llamo María Fernanda, y soy ecuatoriana”, le susurré. Reímos, agarrando bien fuerte la mano del otro.





Las abuelas

11 05 2008

Tengo una abuela de 91 años que ha tenido once hijos, ha publicado un libro y ha escrito poemas y artículos. Que deleita a propios y extraños con su buen humor, su chispa y sus historias. Que crea maravillas con las manos, aún ahora que casi no ve. Que lee el periódico, ve las noticias, y adora ir al cine. Que se interesa por las nuevas tecnologías y se asombra con el Internet, los descubrimientos científicos y el arte. La última vez que estuvimos juntas, pasamos todo un día haciendo corazoncitos de fieltro y conversando sobre el amor.

Tengo otra abuela de 92 años que me crió, después de haber criado a ocho hijos. Ella me enseñó que hay que ser humildes, que hay que amar a la gente, que hay que ser generosos, que hay que tener fe. Ella ama el campo y el mismo paisaje que yo. De niña, corría por los potreros de Cayambe y se metía a las acequias para cazar renacuajos, como yo. A veces, en los últimos tiempos, tiene la mente en otro lado. Aún así, siempre me reconoce y platica conmigo, me demuestra su amor y me abraza como si aún debiera portegerme del mundo.

Hoy sólo quiero decir que soy afortunada por tener a esas dos mujeres (¡y qué mujeres!) en mi vida.





Cayambe

9 05 2008

Resulta que últimamente me ha entrado tal nostalgia por el paisaje ecuatoriano que de plano me ando llevando mi librito de Anhalzer de “La avenida de los volcanes” a todos lados y lo abro cuando nadie me ve en la oficina, en el metro y por doquier. Cuando puedo también lo muestro orgullosa a quien pregunta. “Aquí está Quito” digo yo, “aquí está Cayambe”, y así.

Es bien sabido que todo andino que se precie tiene en su corazoncito la imagen de las montañas nevadas y del páramo. Yo, que me crié literalemente a las faldas del volcán Cayambe, donde mi familia tiene una hacienda (antes enorme, hoy pequeñita) ganadera, tengo en las retinas a esa montaña blanca y a ese paisaje.

Cuando voy al Ecuador, no puedo dejar de ir allí. Es el único lugar que siento que es mi casa, el espacio que me tranquiliza, que me da energías y fuerzas para seguir.

Hoy quisiera estar ahí y en ningún otro lugar en el mundo.





Delfín hasta el fin (Ecuatorianos 2)

7 05 2008

Pues qué les digo de Delfín Quishpe, mi compatriota. Es todo un suceso de Youtube y tiene miles de seguidores y fans, también aquí en México, entre ellos mi amigo Llanos. Yo siempre me había burlado de él (de Delfín digo, aunque también del Llanos a veces) y me había dado un poco de pena ajena que él sea el ecuatoriano más famoso en la red, pero el Llanos, artista visual, dice que Delfín es incomparable por la estética de sus videos, porque es muy propia, que no pretende ser copia de lo gringo y que eso es bastante en un mundo de imágenes globalizadas y de una estética prefabricada e importada. 

Así que empecé a ver con otros ojos a Delfín y creo que el Llanos tiene razón. Creo que en el fondo, Delfín y otros como Los Conquistadores (no se pierdan la danza de los conejos, por favor… ¿así se llama?) pegan en dos grupos, por razones diferentes: 1) Nuestros migrantes se identifican con la estética (por algo las imágenes en los videos y las letras de las canciones, ahí hay mucha nostalgia y un gran sentido de pertenencia a lo ecuatoriano). 2) Nosotros, que creemos que es “kitch” (en el mejor de los casos), pero que en el fondo estamos convencidos que es muy naco o longo para nuestra “alta cultura”, nuestra raza y nuestra clase. Sin embargo, lo seguimos viendo y comentando. 

Espero opiniones. 





Ecuatorianos 1

6 05 2008

El otro día me fui a una recepción organizada por le Embajada del Ecuador en México, en honor del Excelentísimo Presidente de la República, Rafael Correa Delgado.

Ahí estaban todos: la Sole, la Gabriela, el Alvarito, el Diego, la Eulalia, la María Amparo y decenas de otras gentes caraconocida. Hasta E estuvo allí, representando al futuro de la patria.

Íbamos todos con curiosidad de conocer, ver y escuchar al presi y a su comitiva (amigos y parientes, en muchos casos) y también porque pensábamos (oh, ilusos!) que sería lindo estar juntos entre ecuatorianitos en ambiente festivo y comer unas empanadas de morocho y pegarnos un Zhumircito (un aguardiente típico de allá, de dudoso sabor, pero nuestro).

¡Horror! Qué mala decisión. La tal recepción fue una mierda, verguenza (ajena y propia) nos dio a todos. Allí estuvo una señora que parecía profesora de escuela fiscal mixta (y que luego descubrimos que era secretaria de la Asociación de Ecuatorianos en México) que agarró el micrófono y nos empezó a gritar y a poner en línea: que no podíamos hablar con el presidente cuando se acercara, que no podíamos tocarlo, que teníamos que cantar a todo pulmón y con cara de “cómo amamos a la patria” aquel himno infame llamado “Patria, tierra sagrada” cuando el presidente pusiera el primer pie en territorio ecuatoriano en México (o sea, pisara el césped de la Embajada), que teníamos que soltar los globos amarillos, azules y rojos cuando ella nos diera la indicación, que debíamos comportarnos a la altura y no botar basura, que si queríamos un vaso de agua debíamos hacer fila y no agolparnos, que debíamos demostrar en todo momento qué educados y qué cultos somos los ecuatorianos.

Yo a ese punto quería matar a la pinche vieja imbécil. Pero me aguanté nomás porque el Rafael (o sea, el excelentísimo señor presidente) ya llegaba y me quedé muy divertida viendo cómo la vieja poco más o menos que empezaba a tener un orgasmo al verlo llegar. “Ahí viene, ahí viene” nos gritaba a todos cuando era evidente que ahí venía. Se puso la música de Patria, Tierra Sagrada y yo no canté, ninguno de nosotros cantó. El equipo de sonido falló y no se oía sino un murmullo de shhhhhhhhhhhhhhhhh o sea ruidos de mala conexión.

Total, que el Rafael llegó, dio un discurso interesante (el mismo de siempre, digamos, pero lleno de profunda emoción) luego las gorditas horrorosas (ellas sí, ni hablar) de las Asociación de Ecuatorianos se lanzaron una oda al presidente que mejor ni les cuento, y luego de lejitos, un minuto, saludamos a los ministros y secretarios de estado conocidos (de aquellas épocas comunistas, muchos de ellos) y ya. Todos entraron a la embajada, nos cerraron las puertas y ahí quedamos esperando ver qué más pasaba mientras nos cocinábamos en el sol de medio día.

No pasó nada. Ni el presidente, ni la comitiva, saludaron, departieron, conversaron con nadie. Después de dos horas de estar a puerta cerrada y de tener larguísimas conversaciones con las gorditas horrorosas, salieron y se fueron.

Ni Zhumircito, ni empanaditas. Agua.

Digamos que todos nos quedamos sumamente enojados. Creíamos que ahora que tenemos una “Patria altiva i soberana” (la i así mismo es, no es error ortográfico… es una de las brillantes ideas del presidente para que se forme la palabra PAIS con las siglas. Sin comentarios…) también nuestros actos protocolarios serían más decentes. Pero no.

Hoy me acordé de todo eso porque recibí un correo que decía:

La Embajada del Ecuador desea ¡Feliz Día de la Madre! a todas las ciudadanas ecuatorianas y amigas del Ecuador que tienen esta maravillosa condición.

Una belleza de felicitación, ¿a poco no?

 





Un día sin hijo

6 05 2008

El otro día Plaqueta en su blog decía que le encantaba ir al cine sola. De verdad que la envidio. Yo ODIO ir al cine sola. He tenido que acostumbrarme por las circunstancias. El cine me encanta y si no fuera sola no vería demasiadas pelis en mi vida. Termino disfrutándolo y todo, pero no hay nada como ir acompañada y comer palomitas y pasitas con chocolate (especialmente en la Cineteca… son parte de la tradición iniciada en la UAM años ha) y tomar té Lipton y acurrucarse y hasta hacerse piojito o masajitos en los pies.

Hoy martes, como la mayoría de martes, mi hijo se va con su papá. Es mi día esperado. No es que sea una madre desamorada ni mucho menos, es que coño cómo me hace falta tener unas horas para hacer lo que a mi me dé la gana. No digo días. UNAS HORAS. Hay momentos en que cuando estoy con E me pregunto “¿habrá un día que pueda entrar al baño a hacer pipí sin interrupciones, ni gritos de mamá qué haces, mamá dónde estás, mamá por qué estas en el baño, mamá ven, mamá estás haciendo pipí?” ¡Dios mío, qué agobio!

Así que hoy, martes de mayo, día sin hijo, ir al cine se impone. Nadie puede. Tengo una bola de amigos amargados y ocupados que jamás pueden ir al cine los martes y que cuando les llamo ponen cara de “Estás loca o qué. Hoy es martes! Hoy se TRABAJA”. Así que valor, iré al cine sola para aprovechar mi día libre y para no quedarme encerrada en la casa viendo la mediocre tele de los martes (si fuera lunes vería Greys Anatomy y ahí sí no saldría ni a la esquina).

Ya les contaré cómo me fue.