El otro día me fui a una recepción organizada por le Embajada del Ecuador en México, en honor del Excelentísimo Presidente de la República, Rafael Correa Delgado.
Ahí estaban todos: la Sole, la Gabriela, el Alvarito, el Diego, la Eulalia, la María Amparo y decenas de otras gentes caraconocida. Hasta E estuvo allí, representando al futuro de la patria.
Íbamos todos con curiosidad de conocer, ver y escuchar al presi y a su comitiva (amigos y parientes, en muchos casos) y también porque pensábamos (oh, ilusos!) que sería lindo estar juntos entre ecuatorianitos en ambiente festivo y comer unas empanadas de morocho y pegarnos un Zhumircito (un aguardiente típico de allá, de dudoso sabor, pero nuestro).
¡Horror! Qué mala decisión. La tal recepción fue una mierda, verguenza (ajena y propia) nos dio a todos. Allí estuvo una señora que parecía profesora de escuela fiscal mixta (y que luego descubrimos que era secretaria de la Asociación de Ecuatorianos en México) que agarró el micrófono y nos empezó a gritar y a poner en línea: que no podíamos hablar con el presidente cuando se acercara, que no podíamos tocarlo, que teníamos que cantar a todo pulmón y con cara de “cómo amamos a la patria” aquel himno infame llamado “Patria, tierra sagrada” cuando el presidente pusiera el primer pie en territorio ecuatoriano en México (o sea, pisara el césped de la Embajada), que teníamos que soltar los globos amarillos, azules y rojos cuando ella nos diera la indicación, que debíamos comportarnos a la altura y no botar basura, que si queríamos un vaso de agua debíamos hacer fila y no agolparnos, que debíamos demostrar en todo momento qué educados y qué cultos somos los ecuatorianos.
Yo a ese punto quería matar a la pinche vieja imbécil. Pero me aguanté nomás porque el Rafael (o sea, el excelentísimo señor presidente) ya llegaba y me quedé muy divertida viendo cómo la vieja poco más o menos que empezaba a tener un orgasmo al verlo llegar. “Ahí viene, ahí viene” nos gritaba a todos cuando era evidente que ahí venía. Se puso la música de Patria, Tierra Sagrada y yo no canté, ninguno de nosotros cantó. El equipo de sonido falló y no se oía sino un murmullo de shhhhhhhhhhhhhhhhh o sea ruidos de mala conexión.
Total, que el Rafael llegó, dio un discurso interesante (el mismo de siempre, digamos, pero lleno de profunda emoción) luego las gorditas horrorosas (ellas sí, ni hablar) de las Asociación de Ecuatorianos se lanzaron una oda al presidente que mejor ni les cuento, y luego de lejitos, un minuto, saludamos a los ministros y secretarios de estado conocidos (de aquellas épocas comunistas, muchos de ellos) y ya. Todos entraron a la embajada, nos cerraron las puertas y ahí quedamos esperando ver qué más pasaba mientras nos cocinábamos en el sol de medio día.
No pasó nada. Ni el presidente, ni la comitiva, saludaron, departieron, conversaron con nadie. Después de dos horas de estar a puerta cerrada y de tener larguísimas conversaciones con las gorditas horrorosas, salieron y se fueron.
Ni Zhumircito, ni empanaditas. Agua.
Digamos que todos nos quedamos sumamente enojados. Creíamos que ahora que tenemos una “Patria altiva i soberana” (la i así mismo es, no es error ortográfico… es una de las brillantes ideas del presidente para que se forme la palabra PAIS con las siglas. Sin comentarios…) también nuestros actos protocolarios serían más decentes. Pero no.
Hoy me acordé de todo eso porque recibí un correo que decía:
La Embajada del Ecuador desea ¡Feliz Día de la Madre! a todas las ciudadanas ecuatorianas y amigas del Ecuador que tienen esta maravillosa condición.
Una belleza de felicitación, ¿a poco no?
Sin pelos en la lengua: