Digamos que hace unos días conocí a un hombre que, inicialmente, creí que estaba destinado a ser sólo mi amigo. Era demasiado mayor que yo (según mis estándares), no seguía el famoso patrón, no era intelectual, ni artista, ni desmadroso, ni algo infantil. Era un hombre hecho y derecho.
Digamos que me dijo que me quería. Digamos que yo me asusté, como dijo mi psicólogo que lo haría. Digamos que casi casi salgo corriendo.
Pero no lo hice…
Digamos que ahora estoy sorprendida de haber roto el patrón, de que el psicoanálisis no haya tenido la razón y de que la vida me haya puesto a este hombre en el camino.
Digamos que ahora estoy muy feliz.
Digamos que Freud puede irse a la chingada, al menos por lo pronto.
Sin pelos en la lengua: