Mi cumpleaños No. 4: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas (piñatas de barro) y comiendo el delicioso pastel que hacía mi abuelita. ¿Dónde estaba yo? En una cama con 40 grados de fiebre.
Mi cumpleaños No. 5: niños jugado y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: vomitando en el baño.
Mi cumpleaños No. 6: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: encerrada en mi cuarto, con dolor de barriga.
Cuando pienso en la niña ensimismada y freak que era yo a la edad de mi hijo, cuando me acuerdo de cómo me ponía cuando estaba con mucha gente a mi alrededor, agradezco a la vida que E sea un niño adaptable, que logre socializar muy bien (los genes del padre, supongo) y que sea alegre y despierto.
También agradezco que haya sacado las cosas mías que sí me gustan. El buen humor, por ejemplo, la curiosidad científica, la sensibilidad. Y mis pies, mis manos grandes, mis dedos meñiques torcidos (la marca de la familia), mis orejas como antenas parabólicas, mi lunar en el pecho y mis ojos.

Sin pelos en la lengua: