Moral comunista

1 05 2008

Ayer fue un día productivo de posts: escribí cuatro. Todos quedaron como borradores. Uno hacía referencia a lo encabronada que estaba por todo. El otro, a que iba a hacer maletas y me iba a regresar a mi pueblo. Otro más, maldiciendo a los hombres. Y el último, un blog tan triste y tan catártico (lloraba mientras lo escribía) que de plano no servía para nada más que para lo que sirvió, o sea, desahogarme.

Hoy es primero de mayo y quizás debería hacer una reflexión del movimiento obrero latinoamericano (¡cómo no!) pero qué va, aquí sigo con las tribulaciones egoístas y pequeñoburguesas que ocupan mi mente en los últimos tiempos: el amor que no llega, la chamba que se acaba, el país que no está.

Hace mucho, mucho tiempo, yo fui una joven convencida de que había que hacer la revolución y cambiar las estructuras. Me metí a militar en un partido político de izquierda: el Partido Comunista del Ecuador, para más señas. Y ahí no sólo me aprendí de memoria varias citas de El Capital y de El Manifiesto, (también cantaba a todo pulmón “La Internacional”… ¡por dios!) sino que realmente me saqué la madre trabajando por la causa: afilié a muchas gentes, pinté paredes en los lugares más impropios, organicé células, di discusos, entrené para ir a la montaña, estuve a punto de ser pillada por la policía en varias ocasiones, experimenté una balacera en vivo y en directo, fue apaleada por “los chinos” (es decir, por las células del Partido Comunista Marxista Leninista que vivían única y exclusivamente para darnos en la madre), y claro, marché los primeros de mayo.

No me importaba llegar a mi colegio toda pintada las manos, despeinada y sin dormir ni comer.

Fui carne de cañón. Ahora lo veo así. Amaba el partido, amaba la militancia, y realmente estaba entregada a la causa. Después, vi con incredulidad cómo algunos dirigentes de mi partido se embolsaban el dinero que nosotros conseguíamos, se farreaban todo (en el mejor de los casos), tenían la gran vida, muchas mujeres y practicaban la tan mentada “moral comunista” de una manera, digamos, sui generis. Me decepcioné tanto tanto, que un día les escribí una carta mandándoles a la chingada y simplemente me fui. Cambié de país, vine a México y empecé una nueva vida.

Pero esa experiencia me marcó para siempre. Nunca más logré recuperar esa candidez de cuando era militante. Nunca más logré creer en nada con tanta pasión. Desde entonces, mi mirada hacia la política y hacia la izquierda no deja de tener cierto cinismo. No les creo nada. Quisiera, pero no.

Ahora soy un chica de izquierda radical que el primero de mayo toma su Starbucks y escribe cómodamente este post desde su MacBook. Verguenza me da, pero me aguanto.

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2 responses

1 05 2008
Caronte

Lo sabía, sólo huyendo de algo tan infernal como la luz de Starbucks podías refugiarte en algo tan íntimo.

5 05 2008
Carlos

Qué te diré Mafis!
Ya somos 2.
Pero al final de todo, no fuimos felices???? y gracias a la vida, como diria la Mercedes, pudimos creer en algo en este mundo de tantas descreencias.
Como dicen por acá “bola pra frente”.
El otro día lei que el mayor problema de los adolecentes en la actualidad es el no saber que desear… pucha nuestro problema en la adolecencia era desear de más.

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