Amor de cine

12 05 2008

Me tomaba un capuchino sola y buscaba en La Jornada la cartelera de los cines. Era sábado, había terminado de hacer unas compras y la tarde estaba perfecta para ver una peli. De pronto, oí una voz masculina con acento sudamericano (¿uruguayo?, ¿argentino?): “¿Me vendés un expreso doble cortado?” pedía la voz a la chica del café.

Claro, volteé, porque generalmente los chicos argentinos y uruguayos son lindos, y porque, de alguna manera, siempre me emociono cuando oigo acentos que me transportan a Sudamérica… es como un sentido de pertenencia… (ahora que me pongo a pensar, un sentido de pertenencia bastante tonto, porque los ecuatorianos nos parecemos a los del Cono Sur tanto o menos que a los mexicanos…).

Y ahí estaba, un chico lindo (¡lógico!) de mi edad, de esos que me gustan, con facha de intelectual o artista desmadroso de izquierda (el patrón, ¡dios mío!) , que bajó la mirada y se puso a tomar su café. Yo también me dediqué a lo mío: escoger la peli que iría a ver.

En eso se acercó:

-Disculpá, pero ¿me prestarías el periódico? Quiero ver la cartelera de los cines.

– Sí, claro, en esas estaba yo también.

– ¿Y ya elegiste la peli que vas a ver?

– Sí.

– ¿Y qué vas a ver?

Le conté que quería ver la de Reygadas (él no sabía quién era, mmmmm) y le expliqué de qué se trataba la peli. “Suena muy bien”, dijo él, me sonrió, dio varios sorbos a su café, y siguió leyendo el periódico.

En este punto quiero aclarar que yo soy tímida, tímida… a veces exageradamente. Pero ese día, estaba en la onda de “me vale madres” y “no tengo nada que perder”. Así que me lancé:

– ¿Quisieras ir conmigo a verla?

El chico pseudouruguayoargentino se sorprendió. “Por supuesto”, respondió, muy sonriente. “Pero tenemos que irnos ya –le dije, dando el último sorbo al capuchino– porque empieza en 15 minutos. Hay que correr”.

Dejó su café en la mesa y salimos corriendo por las calles empedradas de San Ángel. Nos tomamos de la mano para cruzar la avenida y pedimos un taxi. El corazón me latía fuerte. Apenas podía verlo a los ojos. Durante el trayecto, lo único que hicimos fue reír con risilla nerviosa y hablar del tráfico loco de la ciudad de México.

Llegamos al cine justo al momento de empezar la película. Nos sentamos, se apagaron las luces. Desde el primer instante, Luz Silenciosa nos embujó a ambos. Durante la proyección, seguimos tomados de la mano, viéndonos sonreír y llorar a cada tanto. Muy cerquita el uno del otro.

Justo en los créditos, 136 minutos después, él se acercó a mí y me dijo al oído: “por cierto, me llamo Marcelo, y soy uruguayo”. “Yo me llamo María Fernanda, y soy ecuatoriana”, le susurré. Reímos, agarrando bien fuerte la mano del otro.

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