Delicias de oficina

22 08 2008

¡Ah! ¡Qué maravilla es trabajar en una oficina! Nunca pensé que lo diría, pero es la pura verdad.

Yo había jurado que mi vida de freelance no terminaría jamás, que era la mejor vida a la que podía aspirar. En los tiempos del mi freelanceo, no hace mucho, cuando trabajaba como editora haciendo libros por encargo, llegaba a mi casa, luego de dejar en la escuela a mi hijo, con La Jornada bajo el brazo, me hacía un café con leche al estilo ecuatoriano, me comía mis dos panes con mermelada y mantequilla y mi jugo de naranja, y leía el periódico hasta como las 12 de la manaña. Después arreglaba la casa, hacía collares, chateaba en el MSN con cuanto familiar y amigo encontraba, conversaba por Skype con los cuates. Luego pasaba la tarde con mi hijo, iba al parque, seguía chateando, seguía skypeando, y después de las 10 pm, cuando había silencio y tranquilidad, me ponía a chambear como hasta las 2 o 3 de la mañana. ¿Envidiable? Sí, sí lo era. Al menos para mí era la vida perfecta.

¿O no? Esa maravilla de trabajar freelance desde la casa también tenía puntos en contra que yo me negaba a reconocer: esa incomodidad cuando no había chamba, esa inseguridad de no tener el cheque mensual, ese dolor de cabeza que significaba tener que perseguir a los clientes para que paguen. Una vaina. Pero había un “pero” mucho más enorme que mi amigo Manuel me repetía sin descanso (me da escalofríos pensar lo bien que él me conoce): Estás muy encerrada, no tienes vida fuera de tu casa. Te estás volviendo una antisocial. Tu vida está enfermándote.

Yo no lo creía.

Y así, mi amigo Manuel estaba tan preocupado que se enfocó en conseguirme chamba, una chamba que me obligara a salir de mi burbuja. Se lo propuso y lo logró. El primer día del Año de la Rata empecé a trabajar en el Festival de México en el Centro Histórico, en el cargo que hoy tengo.

Ahora, tengo un horario de oficina, debo marcar la hora de llegada, me descuentan un día de salario si llego tarde. Mi oficina no tiene ventana, es un hueco al final de un pasillo y junto al baño de hombres, con luz blanca de neón y muebles pintados de gris.

Sin embargo, me encanta trabajar con gente a mi alrededor. Soy feliz oyendo los chismes de las secretarias, o conversando con los mensajeros. Soy feliz cuando Hugo, mi guapo y querido asistente, me trae mi café todas las mañanas con una sonrisa. Soy enormemente dichosa cuando participo en las rifas “sólo de chicas” para ganarme un estuche de cosméticos con un valor de 2 mil pesos, o cuando las secretarias me venden ropa interior por catálogo, y soy feliz los viernes que, como hoy, hay sopes para compartir entre todos.

Mi amigo Manuel tenía razón. Hoy, en mi oficina con luces de neón y sin ventanas, me siento una nueva persona, una que salió de su burbuja y se puso en contacto con el mundo.

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3 responses

23 08 2008
Carlos

No se que envidiarte más, si la despreocupación de que pase lo que pase a la quincena cobras o los sopes de los viernes!

25 08 2008
Carmen Garcia Nuñéz

Hola 😀
Llegué a tu blog desde hace varios días a través del de Fer Llanos.
Y quiero decirte que me gusta mucho, encuentro muchas similitudes en lo que leo de ti.
Un abrazo desde Ensenada, Carmen.

25 08 2008
María Fernanda

Muchas gracias, Carmen. Me emociona que haya personas (fuera de mi mamá y mi abuelita, jijiji) a quienes les guste este blog. Ahora que sé que alguien más me lee además de las autoras de mis días y uno que otro amigo fiel, me puliré en lo que escribo. ¡Un abrazo!

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