Ruido

25 08 2008

Siempre que pienso en mi divorcio me acuerdo de la canción Ruido de Joaquín Sabina. Creo que es la mejor descripción de cómo se siente uno al divorciarse, ese “ruido de tijeras, ruido de escaleras que se acaban por bajar (…) ruido de abogados, ruido compartido…” Y lo que más me gusta: Y al final números rojos en la cuenta del olvido”.

Yo ya quiero ponerle fin a todo este tema del divorcio y justo cuando todo parece estar mejor, cuando mi ex y yo supuestamente mantenemos una relación civilizada (para muestra, este post), cuando creemos que podemos divorciarnos sin hacer mucho ruido y quedar como amigos, empiezan los problemas, las discusiones por la plata, las recriminaciones por lo que uno hizo y otro dejó de hacer.

Eso de la plata es lo peor. Siento a veces que estamos tratando de hacer de la vida de nuestro hijo una rebaja de verano, una puja interminable sobre quién da más (lo peor, en este caso: quién da menos).

Estoy agotada con tanto ruido. Demasiado ruido.

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Mudanza

16 06 2008

Hoy veía mi departamento y pensaba que ya es tiempo de mudarme. Me aburro de las paredes sin adornos, de las tablas rotas del piso, de los ruidos insoportables de la calle, de los perros de los vecinos (me refiero a los canes verdaderos, aunque sí, también tengo unas vecinas que son unas perras y que me tienen aburrida), del olor a orina de gato de las escaleras, de tener que bajar a sacar mi coche del estacionamiento justo cuando estoy en el baño enjabonada, porque un vecino tiene que salir…

¿O serán pretextos? En realidad, creo que yo soy así. Me gusta mudarme. Estar en un mismo lugar por mucho tiempo se me hace raro.

Y es que si me pongo a hacer cuentas, creo que he vivido en 25 casas en mi vida, un promedio de más de una cada dos años, en tres países distintos. Entonces, es lógico que ya quiera mudarme, ¿no? Aquí, en el departamento de la Narvarte, he vivido casi tres años, todo un récord.

Recuerdo que hace poco estuve haciendo un libro de una empresa que obligaba a sus empleados a cambiarse de espacio de trabajo cada dos meses, para que se acostumbraran a ser flexibles y a tener una actitud positiva frente a los cambios.

Yo no sé si tengo una actitud positiva frente a los cambios. Lo que sé es que tanta mudanza me ha hecho ser desapegada. He dejado libros, adornos, ropa, discos, mascotas, muebles, plantas, recuerdos guardados en cajas por todo lado. Ahora ya ni me acuerdo qué tenía, ni sé dónde está ni en qué condiciones.

Cuando me mude de nuevo, quizás me mude aún más ligera. Tengo ganas de agarrar una maletita, a E y a Feliz en su pecera y llegar a un espacio nuevo. Empezar de cero.

Tantos días sin escribir… ya lo extrañaba. Fue culpa de mi compu, de mis hormonas, de mi cansancio…




Segundo capítulo

27 05 2008

A medida que crecía, el sexo empezó a convertirse en un tema recurrente de conversación con mis amigas. Algunas de ellas, como contaba en mi post anterior, ya habían tenido sus primeras experiencias y su conclusión general, o al menos, la impresión que a mí me quedó, fue que “duele de la chingada”. La otra: que es algo que los hombres piden y que una tiene que dárselos porque si no, te dejan. Y la última, por supuesto: que es peligroso porque puedes quedarte embarazada.

A esa información de primera mano había que sumarle aquella que yo ya tenía por distintas fuentes. La primera, la religión, por supuesto. Yo me crié con mi abuela paterna y mis tías abuelas, quienes fueron probablemente las figuras femeninas más presentes e importantes en mi niñez y mi adolescencia. Con ellas, me levantaba todos los días a las 5 de la mañana para rezar un rosario que transmitían por Radio Católica Nacional. (¿Dónde habrá quedado toda esa educación religiosa, Dios mío?)

Mi abuelita jamás me habló de sexo, faltaba más, pero me enseñó a ponerme la pijama sin quitarme la blusa, y a no mostrar ni un pedacito de piel “porque me iba a dar frío”. También me habló de que hay cosas malas que una chica no debe hacer jamás, como tocarse, y que hay otras que una chica debe esperar a hacerlas hasta estar casada, aunque yo pregunté cuáles y ella no me dio más detalles.

Curiosamente, una vez que no tenía nada que leer, como a los 15 años, pesqué una Biblia suya y justo caí en un pasaje, me parece que era del Deuteronomio, en el cual se enumeran todas las cosas que están prohibidas por Dios y hace una deliciosa y muy imaginativa lista de pecados carnales de toda índole… ¡todo estaba allí! Quién iba a decir que la Biblia iba a llegar a ser una fuente de tanta -y tan variada- información sobre sexo para una adolescente. Muchas tardes y muchas noches me las pasé leyendo las sagradas escrituras e ilustrándome.

Pero mientras más sabía, más dudas tenía.

¿Ya se aburrieron? Creo que escribiré un tratado…





Fifteen forever

26 05 2008

Ayer me sentí como toda una adolescente. Fue una regresión a los años ochenta y a mis quince.

Primero, me fui al cine a ver nada menos que la última peli de Indiana Jones (estarán de acuerdo que había que verla: es Spielberg, es Indiana Jones, es Harrison Ford… me acuerdo que incluso tenía el juego de Atari ¡y me leí los libros!).

Bueno, pues fui a verla. Y fui a la matiné. Y me compré un helado Ben & Jerrys. Pero además no fui sola. Fui con alguien que me gusta.

Yo estaba hecha un manojo de nervios, porque es el cine, y porque es la oscuridad y porque nada había pasado con ese alguien que me gusta, y porque bueno, algo iba a pasar (ya saben… el cine es buenísimo para que pasen cosas).

Cuando me tomó de la mano, mientras Indiana Jones trataba de escapar con el cráneo de un alien (bueno, este es un Indiana Jones ajustado al siglo XXI, qué se le va a hacer…) el corazón se me salía del pecho. Repito: ¡Regresión total a mis 15 años! Esa ansiedad no la había sentido desde hace mucho tiempo. Las manos me sudaban y todo.

Qué tiempos esos en que una se conformaba con tomar la mano del novio (además esa era una clara muestra de que YA eras novia del chico en cuestión) y así pasaban los días y las semanas, hasta que llegaba el beso en los labios. Y después pasaban los días, hasta que llegaba el beso con lengua, y después pasaban más días hasta que llegaba el faje. Y… bueno, pues ahí se quedaba, porque el faje era lo más hard core a los quince años.

Ayer, en el cine, así me sentí. El roce de las manos fue suficiente para saber que nos gustamos y que no hay prisa. Estuvo bien que no pasara nada más. Aún quedan muchos días y semanas. Como cuando tenía quince.





Primer capítulo

24 05 2008

Cuando era una adolescente, yo me hacía pasar ante mis amigas como una experta en cualquier tema, gracias a que leía muchísimo, a veces libros que no eran para mi edad y que pertenecían a mi padre (recuerdo que un día, cuando tenía como 14, me llamó la atención el título de Trópico de Cáncer de Henry Miller porque justo en la clase de geografía estábamos estudiando los paralelos y los meridianos… lo tomé de la biblioteca de la casa y lo empecé a leer. Quedé muy sorprendida al darme cuenta que no tenía nada que ver con la geografía y sí con la carne).

Bueno, pues resulta que yo me las daba de saber mucho. Especialmente me las daba de saber de sexo, aunque en mi vida ni siquiera había besado de lenguita a un chico. Yo daba consejos a mis amigas (ellas sí con novios, y con novios muuuuuy inquietos) de qué es lo que tenían que hacer y qué no. Me acuerdo que una vez una de mis mejores amigas me contó que su novio ya de plano le estaba pidiendo la tan famosa “prueba de amor” (sí, en mis tiempos aún se usaba semejante pretexto horrendo) y que ella estaba aterrorizada porque no quería y porque tenía miedo de que le duela o de quedarse embarazada. Yo le dije con una seguridad pasmosa: “Mira, yo he leído que si una se concentra muy muy bien, y si una cierra los ojos y repite mentalmente ‘no, no, no, no’ mientras el novio quiere abrirte las piernas, esa cosa no entra ni de fundas” (o sea, “no entra nunca”, dicho en ecuatoriano).

Lo cierto es que mi amiga vino a reclamarme días después porque había hecho todo lo que yo le dije y que antes de que ella pudiera terminar de decir el cuarto ‘no’ ya la cosa había entrado (y había salido). Yo, que tenía fe en mis propias palabras y creía en mi teoría, pensé simplemente que mi amiga no se había concentrado lo suficiente.

A mí no me pasaría lo mismo, pensé.

La historia no termina aquí…





Piel

24 05 2008

El otro día hablaba con una amiga sobre los hombres (bendito y recurrente tema de conversación). Y ella me dijo algo que se me quedó grabado: “Yo no lo extraño a él, extraño el roce de su piel”.

Hoy pensaba que sí, carajo. Cómo duele la falta de piel.

Mi amiga, que es muy sabia, logró describir exactamente cómo es sentirse sola.





Mi primer México

22 05 2008

Llegué a México la primera vez en 1989, cargada de maletas y sin saber más del país y de la ciudad que lo que había aprendido con el Chavo del Ocho, las telenovelas y las clases sobre la revolución mexicana de mi querido maestro de sociología en el colegio (hoy un político famoso).

Cuando me preguntan por qué vine, digo la verdad. Vine porque estaba enamorada. (La historia es larga de contar y puede no resultar tan entretenida, pero el resumen es que me iba a instalar con mi novio ecuatoriano y ambos íbamos a estudiar aquí, más que nada para estar cerca de su familia que vivía en Guatemala). Yo amé esta ciudad desde el primer momento en que la vi por la ventana del avión: ese mar de casas que no tenía fin, esa nata café de contaminación, esas filas de coches de colores que dibujaban líneas entrecruzadas en el mapa urbano, el bosque de Chapultepec con el castillo, el Palacio de los Deportes con sus picos y su redondez. Era llegar a un lugar donde pasa todo, después de haber vivido en una pequeña ciudad de un millón de habitantes, donde no pasaba nada.

Era llegar al caos, al ruido, al ser anónimo después de haber sido siempre “la hija de”, “la nieta de”, “la sobrina de”. Era hacer lo que quisiera.

Mi novio se regresó a los tres meses de haber venido. Rompimos (¡suspiro de alivio!). Yo me quedé. Sin familia, aunque con algunos amigos que aún conservo y que siempre resultaron ser “mi familia” en esta ciudad. Mi padre me mandaba 200 dólares al mes, y yo trabajaba para completar el resto, lo que me hacía falta para susbsistir. (Recuerdo que comía bajo los puentes del Estadio Azteca, en eso kioskitos de paso donde hay quesadillas y sopes aderezados con el humo negro de los peseros de Tlalpan).

Fue duro estar sola, ser mujer, estudiar, trabajar y arreglárselas en esta ciudad a los 19 años. Lloré muchas veces y muchas veces más hice maletas para regresar. Pero no lo hice.

A veces, cuando dudo de mí misma como hoy, me gusta acordarme de esta historia.