Corregido y aumentado

29 05 2008

Mi cumpleaños No. 4: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas (piñatas de barro) y comiendo el delicioso pastel que hacía mi abuelita. ¿Dónde estaba yo? En una cama con 40 grados de fiebre.

Mi cumpleaños No. 5: niños jugado y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: vomitando en el baño.

Mi cumpleaños No. 6: niños jugando y corriendo, rompiendo ollas encantadas y comiendo pastel de la abuelita. Yo: encerrada en mi cuarto, con dolor de barriga.

Cuando pienso en la niña ensimismada y freak que era yo a la edad de mi hijo, cuando me acuerdo de cómo me ponía cuando estaba con mucha gente a mi alrededor, agradezco a la vida que E sea un niño adaptable, que logre socializar muy bien (los genes del padre, supongo) y que sea alegre y despierto.

También agradezco que haya sacado las cosas mías que sí me gustan. El buen humor, por ejemplo, la curiosidad científica, la sensibilidad. Y mis pies, mis manos grandes, mis dedos meñiques torcidos (la marca de la familia), mis orejas como antenas parabólicas, mi lunar en el pecho y mis ojos.

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Las abuelas

11 05 2008

Tengo una abuela de 91 años que ha tenido once hijos, ha publicado un libro y ha escrito poemas y artículos. Que deleita a propios y extraños con su buen humor, su chispa y sus historias. Que crea maravillas con las manos, aún ahora que casi no ve. Que lee el periódico, ve las noticias, y adora ir al cine. Que se interesa por las nuevas tecnologías y se asombra con el Internet, los descubrimientos científicos y el arte. La última vez que estuvimos juntas, pasamos todo un día haciendo corazoncitos de fieltro y conversando sobre el amor.

Tengo otra abuela de 92 años que me crió, después de haber criado a ocho hijos. Ella me enseñó que hay que ser humildes, que hay que amar a la gente, que hay que ser generosos, que hay que tener fe. Ella ama el campo y el mismo paisaje que yo. De niña, corría por los potreros de Cayambe y se metía a las acequias para cazar renacuajos, como yo. A veces, en los últimos tiempos, tiene la mente en otro lado. Aún así, siempre me reconoce y platica conmigo, me demuestra su amor y me abraza como si aún debiera portegerme del mundo.

Hoy sólo quiero decir que soy afortunada por tener a esas dos mujeres (¡y qué mujeres!) en mi vida.