Marisol, mujer negra del Valle del Chota en el Ecuador, trabaja como empleada doméstica. Vive en Quito, en la zona de Atucucho, con su hijita Yolanda, apenas un poco mayor que mi hijo E.
Desde hace días que notamos a Marisol muy preocupada. Anda distraída, se le quema la comida, se olvida la puerta de la casa abierta, llora por los rincones.
Mi tía se acerca y le pregunta qué le pasa. Marisol duda, no sabe si contestar. Mi tía insiste.
- Es que estoy angustiada, niña, por la Yolandita. Le caen piedras en la cabeza.
-¿Cómo que le caen piedras en la cabeza?
-Sí, niña, apenas sale de la casa, va caminando, y por donde esté le caen piedras en la cabeza.
-Pero cómo, ¿alguien le tira piedras?
-No niña. Le caen del cielo.
Mi tía, acostumbrada a oír historias increíbles, sabe que Marisol dice la verdad.
“Niña, no sé qué hacer. Los amiguitos de Yolanda ya no quieren jugar con ella, porque cuando se acercan, también les caen piedras a ellos. Y ayer me llamó la directora de la escuela. Quieren expulsar a la niña porque apenas sale al patio en hora de recreo, empiezan a llover piedras”. Intentando proteger a la niña, Marisol ya le había comprado un paraguas muy grande, pero era en vano, las piedras caían y lastimaban a la niña y a quien estuviera cerca.
“Debes llevarlo donde un shaman”, aconseja mi tía. Esto no es cosa que podamos resolver nosotros.
Y así fue como Marisol lleva a Yolandita donde un shaman Achuar, famoso en todo el país, que está de paso por Quito.
“Las piedras son siempre una forma de llamar la atención de los espíritus”, dice el shaman. “Ellos quieren que la niña se dé cuenta de algo. Quizás del poder que tiene en su interior. Quizás esté destinada a ser ella misma una shaman”. Ante los ruegos de Marisol, el shaman limpia a la niña con hierbas, humo y trago. Desde entonces, a Yolandita no le han vuelto a llover piedras, pero el shaman sabe que la niña tiene un destino marcado.

Sin pelos en la lengua: